Apocalipsis
El fin de la humanidad no será esa fantasmagoría ideada por San Juan en Patmos. Ni ángeles con trompetas, ni monstruos, ni batallas en el cielo y en la tierra. El fin de la humanidad será lento, gradual, sin ruido, sin patetismo: una agonía progresiva. Los hombres se extinguirán uno a uno. Los aniquilarán las cosas, la rebelión de las cosas, la resistencia, la desobediencia de las cosas. Las cosas, después de desalojar a los animales y a las plantas e instalarse en todos los sitios y ocupar todo el espacio disponible, comenzarán a mostrarse arrogantes, despóticas, volubles, de humor caprichoso. Su funcionamiento no se ajustará a las instrucciones de los manuales. Modificarán, por sí solas, sus mecanismos. Luego funcionarán cuando se les antoje. Por último se insubordinarán, se declararán en franca rebeldía, se desmandarán, harán caso omiso de las órdenes del hombre. El hombre querrá que una máquina sume, y la máquina restará. El hombre intentará poner en marcha un motor, y el motor se negará. Operaciones simples y cotidianas como encender la televisión o conducir un automóvil se convertirán en maniobras complicadísimas, costosas, plagadas de sorpresas y de riesgos. Y no sólo las máquinas y los motores se amotinarán: también los simples objetos. El hombre no podrá sostener ningún objeto entre las manos porque se le escapará, se le caerá al suelo, se esconderá en un rincón donde nunca lo encuentre. Las cerraduras se trabarán. Los cajones se aferrarán a los montantes y nadie logrará abrirlos. Modestas tijeras mantendrán el pico tenazmente apretado. Y los cuchillos y tenedores, en lugar de cortar la comida, cortarán los dedos que los manejen. No hablemos de los relojes: señalarán cualquier hora. No hablemos de los grandes aparatos electrónicos: provocarán catástrofes. Pero hasta el bisturí se deslizará, sin que los cirujanos puedan impedirlo, hacia cualquier parte, y el enfermo morirá con sus órganos desgarrados. La humanidad languidecerá entre las cosas hostiles, indóciles, subversivas. El constante forcejeo con las cosas ira minando sus fuerzas. Y el exterminio de la raza de los hombres sobrevendrá a consecuencia del triunfo de las cosas. Cuando el último hombre desaparezca, las cosas frías, bruñidas, relucientes, duras, metálicas, sordas, mudas, insensibles, seguirán brillando a la luz del sol, a la luz de la luna, por toda la eternidad.
(Karol Szewski): Drzewiej (antaño).
Varsovia 1963
Relato del libro Falsificaciones, Marco Denevi. 1966

2 commentaires:
Te dejo un texto de Vila-Matas sobre finales que no lo son:
"El cuento terminaba diciendo que quien lee nunca muere. Miré al mar y me llevé el revólver a la boca y apreté el gatillo. Se borró hasta el planeta extrasolar gemelo de la Tierra. Pero seguí oyendo a John Lennon en la radio y confirmé que, más allá de la muerte, continuamos viviendo al menos por momentos. Porque continuaba yo allí, leyendo. Y el cuento parecía ahora diferente, sin final."
Gracias Alex. Al final es verdad, cada final es un principio y el círculo vuelve a girar.
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